El año pasado, pasamos la navidad en Córdoba. Cuando subimos al ómnibus este año, temimos por un instante que pudiera repetirse el viaje del infierno que ya habíamos padecido: siete horas sin aire acondicionado, constantes lamentos y quejidos del resto de los pasajeros que agonizaban en sus asientos, 50° afuera del micro y 28 millones de paradas que nos daban la impresión de que Córdoba estaba, en realidad, en algún lugar de Alaska y nadie nos había avisado. Pero no. Este año, el aire funcionaba, el ómnibus no iba atestado de gente y realizó la primera parada a la hora y media de viaje. Pensamos que, por fin, íbamos a tener un viaje más o menos normal hasta que apareció él.
Subió en la primera parada. No tenía equipaje. Cargaba simplemente una bolsita de plástico blanca y vestía unos pescadores de jean de esos que, si tenés más de 12 años, resultan el clímax de la ridiculez. Pero vestirse ridículamente no es pecado, ni es delito y basta con cerrar los ojos o mirar hacia otro lado para conjurar el horror hecho pescador. Él se sentó en un asiento vacío que estaba justo detrás de los nuestros. La puerta del ómnibus se cerró y reemprendimos la marcha.
H dormía en el asiento de al lado. Yo seguía leyendo. En un momento, me veo obligada a levantar los ojos de la página para buscar, casi instintivamente, la fuente de la que emanaba ese olor nauseabundo que, de continuar, iba a ponerme al borde de la arcada. Por un instante, dudé: no es la primera vez que algo que leo me provoca mareos y desmayos en transportes públicos (?). La novela que estaba leyendo estaba narrada desde el punto de vista de un grupo de ovejas (esto, quizás, merezca una digresión pero focalicemos). ¿Podía ser que tanto leer sobre ovejas estuviera fomentando que mis fosas nasales se sintieran dentro de un rebaño? Noto que H se despierta y me mira con cara de horror. Perfecto, no era el libro. Estábamos oliendo lo mismo. Una breve inspección de nariz (?) me permitió constatar que el olor a queso rancio, mugre y otros blends (?) igual de vomitivos provenían del señor del pescador. Nos quedaban cinco horas de viaje y perfume para dos, quizás tres. A la altura de Villa María, el señor percibió que nuestro uso frecuente de perfume tenía que ver con él y se sentó en el fondo, en otra fila de asientos.
Lo que quiero proponer después de haber sobrevivido a esta experiencia olfativa extrema no tiene que ver con la discriminación sino con la supervivencia: los ómnibus de larga distancia deberían tener una norma estricta de admisión que impidiera que las personas cuyos olores corporales delatan que no han tocado un jabón en los últimos siete días compartan un espacio extremadamente reducido, durante muchas horas, con otras personas que tienen nariz. Así de simple. Si el chofer, en lugar de dejarlo subir, hubiera arrojado al interior del vehículo una molotov, hubiera sido menos doloroso para todos. Contamos las paradas que quedaban como presos que esperan la libertad, con la esperanza de que Señor Oloroso bajara antes que nosotros. No se juega así con la esperanza de la gente. Por supuesto, no tuvimos suerte y el señor bajó en la misma parada que nosotros.
Esta experiencia nos permitió constatar, además, que nuestras maestras de la primaria nos habían mentido: el olfato, señores, no se acostumbra después de un tiempo. El estímulo desagradable permanece siempre allí, clavado en las fosas nasales. Así que si viajan, lleven tanque de oxígeno (?); no se van a arrepentir.
Subió en la primera parada. No tenía equipaje. Cargaba simplemente una bolsita de plástico blanca y vestía unos pescadores de jean de esos que, si tenés más de 12 años, resultan el clímax de la ridiculez. Pero vestirse ridículamente no es pecado, ni es delito y basta con cerrar los ojos o mirar hacia otro lado para conjurar el horror hecho pescador. Él se sentó en un asiento vacío que estaba justo detrás de los nuestros. La puerta del ómnibus se cerró y reemprendimos la marcha.
H dormía en el asiento de al lado. Yo seguía leyendo. En un momento, me veo obligada a levantar los ojos de la página para buscar, casi instintivamente, la fuente de la que emanaba ese olor nauseabundo que, de continuar, iba a ponerme al borde de la arcada. Por un instante, dudé: no es la primera vez que algo que leo me provoca mareos y desmayos en transportes públicos (?). La novela que estaba leyendo estaba narrada desde el punto de vista de un grupo de ovejas (esto, quizás, merezca una digresión pero focalicemos). ¿Podía ser que tanto leer sobre ovejas estuviera fomentando que mis fosas nasales se sintieran dentro de un rebaño? Noto que H se despierta y me mira con cara de horror. Perfecto, no era el libro. Estábamos oliendo lo mismo. Una breve inspección de nariz (?) me permitió constatar que el olor a queso rancio, mugre y otros blends (?) igual de vomitivos provenían del señor del pescador. Nos quedaban cinco horas de viaje y perfume para dos, quizás tres. A la altura de Villa María, el señor percibió que nuestro uso frecuente de perfume tenía que ver con él y se sentó en el fondo, en otra fila de asientos.
Lo que quiero proponer después de haber sobrevivido a esta experiencia olfativa extrema no tiene que ver con la discriminación sino con la supervivencia: los ómnibus de larga distancia deberían tener una norma estricta de admisión que impidiera que las personas cuyos olores corporales delatan que no han tocado un jabón en los últimos siete días compartan un espacio extremadamente reducido, durante muchas horas, con otras personas que tienen nariz. Así de simple. Si el chofer, en lugar de dejarlo subir, hubiera arrojado al interior del vehículo una molotov, hubiera sido menos doloroso para todos. Contamos las paradas que quedaban como presos que esperan la libertad, con la esperanza de que Señor Oloroso bajara antes que nosotros. No se juega así con la esperanza de la gente. Por supuesto, no tuvimos suerte y el señor bajó en la misma parada que nosotros.
Esta experiencia nos permitió constatar, además, que nuestras maestras de la primaria nos habían mentido: el olfato, señores, no se acostumbra después de un tiempo. El estímulo desagradable permanece siempre allí, clavado en las fosas nasales. Así que si viajan, lleven tanque de oxígeno (?); no se van a arrepentir.